¿Dónde estás ahora Padre mío?
¿Dónde se ubica tu ser?
Quiero ver mi destino.
Lo que me aguarda… y no sé.
¡Cuánta incertidumbre!
¡Cuánto temor infundido!
¡Cuánto miedo al dolor!
¿Existe otra vida? ¿O juegas a los dados?
Padre, ¡ayúdame!
¡Que no me abandonen nunca
las llamadas de mi corazón!
Simpleza no tiene, no debe
equivaler por ley a necedad.
Color, viveza, pasión.
Disfrutar del cromatismo del cielo…
¡oh!, gran felicidad!
Amar a mi gente, mis amigos…
Reír, gozar… ¡vivir!
Experimentar la euforia de la alegría,
el regalo de una sonrisa… sólo sentir.
Si… el disfrute absoluto, abstracto, del despliegue
de la más exagerada, barroca imaginación en tu mente.
Agradecer con tu alma, tu propia existencia,
una caricia, una mirada dulce.
Dar gracias por un suave reposo, la visión de la luna,
la mirada limpia, ilusionada, sincera de un niño.
El calor de unos labios,
de los abrazos, de los besos…
¡mirad!, ¡la cobardía huye!
Padre, burla con tu poder
el destino de las maquinaciones de la maldad.
Da fuerza a los indefensos.
Libranos de toda perversidad.
Concédenos ese don.
Un vigor tan grande, tan inmenso,
Que los ruines no puedan con esa fortificación.
Alabemos el ingenio, la creatividad, la fantasía…
el poco apreciado amor.
Matemos por fin a la pérfida,
temible, buscona y buscada ignorancia.
Ese es el sueño de mi vida, mi obra…
mi creación.
Una mentira, un espejismo, un imposible…
o tal vez no.